La Fuente Las Cuevas situada dentro del casco urbano del municipio debe su nombre a su ubicación en las “Cuevas del Palomar”. Aproximadamente en el siglo XVI se tiene constancia de que existió una ermita en el lugar donde hoy día se encuentra la fuente. Actualmente tan solo podríamos visitar el pilar de la misma. No obstante, en su día la población acudía a este lugar para la recogida de agua potable, como lavadero público y abrevadero para el ganado. A pesar de su humilde revestimiento con mampostería y grandes sillares irregulares, presenta un importante valor etnológico.

Alrededor de esta fuente y del barrio en el que se encuentra, Alcaudete ha contado de generación en generación múltiples leyendas populares, puesto que siempre se la ha relacionado con encantamientos y brujerías. La que tiene por protagonista dicha fuente es la siguiente:

El hombre sin rostro

Cerca de << Las Encantadas>> hay una fuente pública. Las mujeres y hombres del barrio gastaban buena parte de su tiempo en ella. Era un verdadero mentidero vecinal: el coger agua para los usos domésticos, ir a ella a lavar la ropa, y llevar allí los animales para que bebiesen de este preciado liquido, era motivo y ocasión para entablar animadas conversaciones. En ella se comunicaba y comentaba las últimas noticias locales, se aumentaba y disminuía las honras personales, y era lugar y cita de enamorados, de arreglos casamenteros y de disputas, la más de las veces, bastante ruidosas.

Pues es en esta fuente fue donde sucedió gran parte de los hechos que se refieren a continuación.

Algunos de los vecinos, que viven cerca del referido lugar, dicen que hace muchos años ocurrió allí extraños sucesos de difícil explicación. Las noches más obscuras, aquellas en que apenas brillaba la luna, y en las que con dificultad se reconocía a las personas que transitaban por las calles, al filo de la medianoche, una extraña figura aparecía. Desde lejos solo se percibía un hombre completamente vestido de negro, tocado con un sombrero de anchas alas de este mismo color. Iba siempre sin acompañamiento alguno. Su caminar era lento y sus pasos pausados.

Dadas las horas en las que tal visión deambulaba, y el pobre alumbrado público de las calles en aquella época, pocas personas podían decir que lo habían visto, y estas, cuando lo contaban, a penas eran creídas. Se pensaba que todo era producto de una febril imaginación, o interesados bulos propagados por personas que aprovechaban esas intespectivas horas para efectuar extramatrimoniales correrías.

Así transcurrió bastante tiempo. La curiosidad y el miedo se habían apoderado de muchos habitantes del barrio. Las gentes eludían deambular por el mismo sin una grave necesidad.

Pero he aquí, que una vecina de aquellos contornos, cuya madre estaba muy enferma, volvía de casa de la misma a altas horas de la noche. Caminaba pegada a la pared cuando vio a lo lejos la siniestra figura.

Llena de miedo, pero al mismo tiempo ganaba por la curiosidad, se escondió en el profundo quicio de una puerta que ocultaba completamente su persona. Con mucho sigilio dirigió su mirada al fantasma, el cual marchó directamente hacia la fuente. Con extrañeza percibió que aquel ser aparentemente se lavaba la cara. En ese momento , la oculta luna se asomó entre dos discontinuas nubes, lanzando sus rayos luminosos hacia la aparición. Entonces el asombro y terror de aquella mujer se elevó al infinito al ver que tal fantasma no tenía rostro alguno. El lugar que debería ocupar éste se hallaba vacío de toda materia. Sin efectuar ruido alguno esperó que marchara camino arriba hasta << Las Encantadas>>.

Tras un prudencial tiempo, se fue a su casa llena de horror, sin apenas poder conciliar el sueño esa noche. Tan pronto como amaneció contó el suceso a unos gitanos que vivían en su misma calle. Sabido es que en los miembros de esta raza van unidas la más feroz valentía con el más profundo espanto ante las apariciones fantasmales.

Haciendo uso de todo su valor, varios de ellos se escondieron a la noche siguiente detrás del lavadero. Allí esperaron pacientemente, hasta que, tras dar las doce en el reloj del Ayuntamiento, vieron bajar la negra aparición por el camino. Acercose, como en anteriores ocasiones, a lavarse la cara a la fuente. Venciendo el miedo, y amparados por su número, se aproximaron a ella. Todos pudieron comprobar la falta de rostro de la misma; pero a ello añadieron que el óvalo, vacío de todo rasgo, estaba lleno se sangre que descendía por su negra camisa a raudales. El ruido, que en estos movimientos producían, alertó al fantasma, el cual, con gran sorpresa de todos, tras lanzar un lastimero grito, salió lanzado, como si alas tuviera, hacia la cueva en la que entró. Detrás de sí dejó un pestilente olor a azufre que tardó mucho tiempo en desaparecer.

Desde aquel día nadie más vio a este hombre, del que se dio muchas versiones y que ha quedado en la memoria del barrio.

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